miércoles, 19 de septiembre de 2012

Asesinos isométricos


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Asesinos isometricos

Marco se despertó en plena oscuridad. Ciego, inmovil. Parpadeaba continuamente con la esperanza de que en el siguiente guiño se dispersara esa ceguera, pero no conseguía nada. Una luz angulosa
apareció por un instante, junto al sonido de una puerta que se abre y se cierra. Un interruptor. Dos cilindros parpadeantes se encienden sobre él.

Primero se miró a si mismo. Estaba en lo que parecía una camilla puesta en vertical. Al mirar abajo, se vió desnudo sobre una gran tinaja de plástico de color azul. En las muñecas, tobillos, rodillas, el cuello, por todas partes, una bridas blancas, gruesas como un dedo, lo fijaban a la camilla sin el más mínimo margen. Casi le cortaban la circulación. Solo podía mover un poco la cabeza antes de ahogarse con la brida del cuello.

– ¿Holá? - Lanzó al aire, sintiendo la presencia de alguien a quien no veia.

La única respuesta fueron unos pasos que se acercaban a él. Primero distingió un mono y unos
guantes de colores chillones y brillo plastificado. Cuando pudo distinguir la cara, se dió cuenta de
que era una chica, con una mascarara antigas colgada del cuello. No tenía nada de especial, una
chica del montón. Ni se hubiera molestado en mirarla si se hubiera cruzado con ella por la calle.

Marco empezó a hablar atropeyando las palabras, en tono sollozante:

– ¡Hola! ¡Ey, ayúdame! Por favor, no se que está...

Paró. Se sintió extrañado por la mirada de ella. La chica metió las manos en los bolsillos del mono,
se apoyó en un gran bidón cuadrado que había detras suya y se le quedó mirando.

No fué hasta entonces que Marco empezó a ser consciente de lo que había a su alrededor: aquel
enorme bidón. Una bomba de gasoil. Una tubería de plastico blanco que siguió con la mirada. hasta
que se dió cuenta de que acaba sobre él.

Había encima suya, a cada lado de la tubería, un par de botellas pequellas, colocadas boca abajo a
modo de goteros de hospital. Un fino tubo blanco bajaba de cada una de ellas hasta que casi le
tocaban los hombros. A mitad de cada tubo, había dos pinzas colocadas a conciencia. Dos simples
pinzas de madera. No entendía nada.

– Mira, no se que esta pasando ¿Que es todo esto? ¿Donde estoy?

La chica se puso la máscara. Saco un diminuto bote blanco de uno de los bolsillos del mono y lo
abrió con cuidado. Con un cuenta gotas, sacó apenas medio centímetro de un líquido que parecía
agua. Volvió a cerrar el bote con cuidado, lo dejó sobre el bidón y se dirigió hacia el con él con el
cuenta gotas en la mano.

El no paraba de mirarla. Una chica cualquiera con un mono de plástico y una máscara de gas
resultaba una imagen perturbadora, más aun cuando nunca se había imaginado nada parecido.
Ella acercó el cuenta gotas a su pié izquierdo, lo colocó justo encima del meñique y, lentamente,
dejó caer una gota.

El vapor comenzó a subir. Sintió la gota en el pié, un ligero ardor y ese olor extraño antes que
cualquier otra cosa. Y luego un rayo. Un rayo que le subía por la pierna y le hizo marearse. Deseaba
desmayarse. Ojalá fuera tan fácil.

Marco gritó de dolor como nunca había gritado. Gritó hasta que ya no oía nada. Se estaba
destrozando la garganta con aquel grito, pero no podía sentír nada más que aquel rayo que le
sacudía el cuerpo.

Las bridas le rajaban la piel. Golpeaba con la cabeza con fuerza, una y otra vez, contra la camilla y
la brida del cuello le cortaba la respiración. Cualquier cosa a cambio de dejar de sentir aquello. Toda
la estructura se agitó y crujió, pero él solo sentía aquella punzada infinita desde la punta de los
dedos hasta detrás de los ojos. Llego el momento en que no pudo más.
Cuando se desperto, la chica seguía ahí. Seguía mirándole, como si no se hubiera movido. De todas
formas, tampoco sabía cuanto tiempo había pasado.

Cerro los ojos y reunió fuerzas. Entonces miró a sus pies como si esperara verlos amputados
despues de despertarse en el hospital tras de un accidente de tráfico.
Le faltaba un buen trozo del pié izquierdo: los dos dedos más pequeños habían desaparecido, se
había creado un hueco del tamaño de una nuez y una mancha roja se extendía casi por todo el
empeine.

El acido había atravesado piel y huesos. Incluso la base de hierro sobre el que se apoyaban sus piés,
pero en la tina azul pudo ver una pasta rojiza. No entendía nada, no sabía que demonios era eso
¿Alguna especie de acido? ¿Pero atravesaba el hierro y no aquella tinaja barata?
El pié aún le dolía como una puñalada, pero al menos podía pensar. Sintió la garganta llena de
cristales, y todas y cada una de las bridas ahora eran como cuchillos.

– ¡¿Que es todo esto?! ¡¿Quien eres?! ¡¿Que demonios hago aquí?! - Su voz se habia quebrado
y ahora hablaba como un viejo fumador empedernido.

La muchacha se arrodillo. Comenzó a llorar desesperadamente. “¿Que cojones...?” Es lo único que
Marco alcanzaba a pensar.

– “¡Por favor!, ¡Oh, por Dios! ¡No me mates, por favor!. No te he visto, no sé quien eres. Te lo
suplico, mi hermana me necesita. Soy lo único que tiene ¡Tengo que cuidarla!”

Se notaba un tono irónico en toda aquella representación.

Marco recordó. Vaya si lo hizo.

Las primeras se quedaron grabadas en su mente, como una chica a la que das tu primer beso o con
la que pierdes la virginidad. Pero Marco tenía otras primeras veces en su vida.

Desde que tenía uso de razón, habia sentido ese odio visceral. Sabía que le humillaban y se mofaban
de él a sus espaldas. Tenía el derecho de aliviar esa carga de la que ya no podía librarse ni con
drogas ni con sexo. Cada vez que salía de fiesta, a medida que avanzaba la noche, no había droga
que le hiciera olvidar aquello que le quemaba por dentro.

Recordaba a las primeras, claro. Aquello fué excitante, algo completamente nuevo. De ellas apenas
quedarían ya los huesos. Pero con el tiempo se cansó del miedo a que le vieran, de conducir en la
madrugada para encontrar un lugar en medio de la nada. Trabajar con pico y pala y cargar con ese
peso muerto, era demasiado tedioso y un mal final para una noche divertida. Asi que se acostumbro
a ponerse una mascara, unos guantes y tomar un par precauciones más.

Despues de probar suerte varias veces, se dió cuenta de que no pasaba absolutamente nada: ni ADN
sacado de un pelo en la escena del crimen, ni arena bajo las uñas de las víctimas que condujera a un
único lugar de toda la tierra, ni una pisada sobre una mancha de sangre. Ninguna de aquellas
chorradas que aparecian en la tele. Así que se acostumbro a hacerlo a la manera fácil.

No le quedaba otra: “¡¿No se de que me hablas, que estas diciendo?!” o “¡¿Te equivocas de persona,
esto es un error?!”. ¿Que iba a hacer? ¿Confesar? ¿Jurar por su vida que se arrepentía de todo?
Estupideces. No iba a servir de nada. Negaría y suplicaría desesperadamente por su vida hasta que
de alguna manera consiguiera sembrar la duda o quebrar la conciencia de aquella puta.

La chica siguió sollozando, arrodillada en el suelo. Se puso en pié, mirandole suplicante, con los
ojos aguados y las lágrimas corriendole por las mejillas:

– “Oh gracias. Gracias, muchas gracias – Luego miró al techo y unió las manos sobre su
pecho – ¡Gracias, Dios mío!”

La representación terminó. La chica ni se molestó en secarse las lágrimas y le miró con una extraña
sonrisa. Marco cortó las súplicas de inmediato. Tardó unos segundos en darse cuenta de qué era lo
que le había dejado helado. Acababa de ver un truco de magía. Como una carta que un mago cambia
de rojo a negro delante de tus ojos, Marco vió a una Reina de corazones cambiar súbitamente a un
As de picas en lo que dura un parpadeo. Ella se incorporó y continuó con la farsa exagerando los
gestos, como una niña de 16 años recitando un poema de amor.

– “Y entonces corrí y corrí, hasta que me ardieron las piernas y el corazón parecía que me iba
a explotar. Y cuando llegué a casa, abracé a mi hermana y di gracias a Dios por seguir viva,
a pesar de todo. Y con el tiempo y gracias a toda la gente que me quiere, pude superarlo,
aunque nunca lo olvidaría, claro”

Poco a poco, la chica abandonó aquella irónica actitud teatral y le miró sonriendo con malicia. En
otro momento y lugar, Marco hubiera pensado que solo era otra güarra que coqueteaba.

– Vaya drama ¿Eh?

Él seguía sin hablar. Aterrado, la miraba sin pestañear. Entonces miró arriba, hacía la tubería que
tenía justo encima suya. Ya había sentido una gota de ese líquido. La imagen de si mismo
derritiéndose debajo de una ducha como aquella le asaltaba como gritos en su mente.

La chica comprendió lo que estaba pensando y se echo a reir. Cogió otra de esas enormes bridas.
Agarro a Marco por el pelo, le golpeó la cabeza contra la camilla y la ajusto con fuerza contra ella.
Le amordazó con un trozo de cinta americana. Se había cansado de sus lamentaciones.

Ladeó la cabeza y comenzó a hablar con un tono reconfortante, como si consolara a un cachorrito.
Acabó tan cerca de su cara que casi parecía un gesto íntimo.

– ¡Oh! tranquilo, no te asustes por esa tubería. Para cuando cumpla su función, tú ya no
tendrás que preocuparte de nada. Yo me encargo de todo a partir de ahí. Su única función es
ayudarme a sacar la basura.

Ella seguía divirtiéndose. Él seguía sin entender.

Se puso la máscara. Agarró las pinzas de los tubos, una en cada mano. Poco a poco, iba abriendo y
cerrando las pinzas, haciendo que el líquido fuera bajando a pequeños pasos, eligiendo
arbitrariamente que pinza abrir despues. Al trasluz de los fluorescentes, se podía ver el líquido bajar
por los tubos. Ella iba abriendo y cerrando cada pinza sin ningún orden aparente. A su antojo.

Marco volvia a pelear, a luchar como un loco, a reabrirse las heridas bajo las bridas, gritando
ahogado por la mordaza. Ella siguió con su juego, mirándole como queríendo aprender algo de él,
de aquellas muecas que no paraba de hacer, desesperado por escapar. Cuando le miraba a los ojos,
suplicante, ella dejó que Marco mirara directamente a lo que había dentro de ella, fuera lo que fuera.

El dolor era lo de menos. Lo más divertido sería ver como esperaba cada gota, cuanto tiempo sería
capaz de luchar. Que pasaría tras la primera. Cuando se quebraría su voluntad. Gota a gota, en algún
momento acabaría tocando algo que pondría fin a la diversión, pero hasta entonces...

Todo aquello no era más que un rato de diversión para ella. Una eternidad de agonía para él. Un
violador y asesino compulsivo contra una psicopata. Él había perdido antes de empezar.

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