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Altos ejecutivos, banqueros, politicuchos del tres al cuarto, asesores y enchufados lameculos, a los
que no reconocería ni su madre por la calle, aun menos los posibles (aunque poco probables)
votantes de aquel lugar. Adoradores de Baco y herederos de los sodomitas, se las arreglaban entre
todos para que no faltara en toda la región una cena de empresa ni un solo día del año, pues más que
numerosos para que esto no supusiera demasiado trabajo, que bastante tenían ya. Eran los trajeados.
Una jauría ruidosa agrupada en manadas, con mandíbulas temblorosas, ojos inyectados en sangre y aliento de queroseno. Siempre había un líder tácito en la manada, que parecía tener lo que todos
querían y que habitualmente solía lucir un peculiar peinado con pinta de cenicero pegado a la
cabeza. Los niñatos.
Rudos bisontes de mirada bobina, con aspecto de matones venidos a menos. Obreros sin contrato,
sobre asalariados en su mayoría, gracias este paraíso del ladrillo, una fuente de maná que parecía no
acabar nunca. Los habituales.
Aquellas eran las especies predominantes del club “La Rosa Blanca”, depredadores mirando desde
lo más alto de la pirámide alimentaria de aquel ecosistema a la carnaza que pululaba entre ellos,
más abundante y predispuesta que una manada de ñus en plena migración.
El humo espesaba el ambiente del local. Shakira cantaba algo sobre una tortura mientras en los
mastodónticos televisores de 40 pulgadas, que amenazaban con romper el soporte anclados a la
pared, bailaba rebozada en un potingue que solo podía haber salido del Prestige.
Teresa se paseaba entre la fauna local como siempre, escrutadora y expectante. Una dicotomía a la
que se había acostumbrado ya gracias a casi 7 años de profesión, y sabía perfectamente cuando
cambiar de una actitud a otra.
Entre la abundancia de tetas duras como piedras, pellejos estirados y labios grotescamente
abultados, Teresa desprendía una naturalidad que le otorgaba cierta elegancia. Toda la elegancia que
se puede tener sobre unos zapatos con plataforma y tacón de 7 centímetros. Tenía las curvas
suficientes para hacer babear a cualquier espécimen de aquel local sin que su abundancia pareciera
apunto de rebosar por ninguna costura de su ajustado (y escaso) vestido. Solo dos cosas parecían
romper aquel equilibrado conjunto: una mirada triste que ninguna sonrisa forzada podía remediar, y
un exceso de base de maquillaje
Un rayo deforme surcaba la mejilla izquierda de Teresa hasta casi la comisura. Cuando tenia 11
años cometió dos errores: confiar en un padre violento y levantarse a recibirle justo después de una
borrachera. En aquel momento perdió la fe en todos los hombres, aunque se dio cuenta algo más
tarde, a base de encadenar un novio despreciable tras otro. Al día siguiente de aquello, su padre no
parecía acordarse (o importarle) lo ocurrido la noche anterior. Ella tardó un poco más en olvidarlo.
Hacía su ronda entre las miradas de la multitud lasciva, aunque ninguno parecía realmente
interesado. Solo hacían turismo. Su mirada se cruzó con un solitario sentado en un taburete, que
parecía hipnotizado por su vaso de tubo apoyado en la barra. No llevaba traje ni gomina, y tampoco
lo había visto antes. En ese ambiente, su normalidad lo convertía en lo más anómalo de aquel local.
Como siempre, se acerco tanto a él que esperaba notar su olor a humo y alcohol, pero no parecía
oler a ninguno de estos dos más que el resto del local. “Será la primera copa” pensó. “Por ahora”.
Teresa empezó con el guión. Había repetido tantas veces la misma entradilla que le resultaba tan
natural como bostezar recién levantada.
– Hola guapo
– Hola – Respondió él, forzando una sonrisa amable y mirándole con ojos tristes.
El guión decía que ahora tenía que pedirle que la invitara a una copa, pero no lo hizo. No sabía
porqué. Improvisando, salto directamente al final.
– ¿Quieres subir a una habitación?
Al principio, él se ruborizó un poco, pero enseguida su expresión cambió. Parecía como si se
acabara de dar cuenta de que le faltaba algo que pensaba que llevaba encima.
– Vale, vamos – respondió.
Escaleras arriba, el guión siguió su curso normalmente: insinuaciones, coqueteo, sonrisas falsas de
nuevo, complicidad también falsa. Desnudez mutua. Solo faltaba la colocada de condón, que Teresa
tenía tan dominada que la mitad de los clientes borrachos no se enteraban hasta que se lo quitaban al
acabar. Pero el estaba frio.
No era tan extraño. Teresa comenzó con su trabajo. Pero el seguía frio. Cuando empezó a recurrir a
sus mejores trucos y la cosa seguía igual, ya se preocupó.
– No estas muy animado hoy ¿eh? – Le dijo desde el suelo donde estaba arrodillada,
pasándole las manos por encima de los muslos. Esta vez, no sintió la sonrisa tan forzada.
Quería sinceramente que no se sintiera demasiado mal.
– No te ofendas – Le dijo él, sentado en el borde de la cama – Eres muy guapa.
– No me ofendo – Ella le miro con cara de resignación.
– Levántate, por favor ¿te importa si solo nos acostamos él uno al lado del otro?
– Puedes usar tu tiempo como quieras – Le dijo.
Por supuesto pensaba cobrarle: no era la primera vez que se había cruzado con un solitario que solo
buscaba compañía. A contrario de lo que se suele pensar, muchas veces este oficio no tenía nada de
sórdido. Pero ella ofrecía un servicio, y no sentía ningún remordimiento al cobrarlo.
Acostados el uno al lado del otro, ella posó su brazo sobre su pecho. Él la rodeo con los suyos,
hundió la cara en su pelo y luego, retirando un poco la boca, con la frente aún tocando cabeza de
ella, habló:
– Llevo dos semanas sin ver a mis hijos. No puedo acercarme a ellos. Ni a mi mujer. Yo la
cagué. Me lo busqué. Pero tanto castigo por un solo error... no sé, seguramente lo merezca.
Desde entonces sobrevivo solo en una pensión con lo que me queda de mi sueldo. Eres la
primera persona a la que se lo cuento.
Ella no sabía que decir. Era una historia trágica más. Ni siquiera era de lejos la peor que había oído
de un cliente. Estaba a años luz de muchas por las que habían pasado algunas de sus compañeras.
Pero aquel hombre tenía algo que hacía que aquello sonara terrible. Parecía un niño que ha tenido
que crecer rápido, sin tener ni idea de como hacerlo. Quizá haya acabado torcido, con más nudos y
fallos que la mayoría. Pero aún pensando en lo peor que pudiera hacer, parecía haber algo puro e
ingenuo en él que impedía que a Teresa le desagradara su compañía.
Pasó media hora. Miró al reloj apenas con un segundo sobre la hora del cierre. Tenía tan bien
medida la media hora que ya no recordaba la última vez que había tenido que poner una alarma.
– Se acabo el tiempo, guapo.
Los dos se levantaron. Se acercaron al perchero en el que habían dejado la ropa y empezaron a
vestirse uno delante del otro, como un matrimonio acostumbrado a levantarse a la misma hora antes
de ir a trabajar.
Ella miraba a su pecho mientras se abrochaba el sujetador, para asegurarse de que todo estuviera en
su sitio. Sintió la quemazón de una mirada y levantó la cabeza. Él la miraba fijamente. Ella le
sonrió. Pero él no le devolvió la sonrisa. No parpadeaba y la miraba fijamente.
El hombre inclino la cabeza hacia un lado y sus ojos se centraron en la zona de la cicatriz. Ella se
incomodó. No habían sido una ni dos las veces que un cliente grosero (y borracho) se había burlado
de ella. Uno particularmente “ingenioso” le llamó “La puta de las dos rajas”, y cuando volvió a la
planta baja estuvo un buen rato riéndose a carcajadas con sus amigotes.
Pero él seguía mirando con la cabeza ladeada. Levantó la mano derecha hacia la cicatriz. Ella miró
a la mano, apartándose por reflejo, pero luego se quedó quieta. El extraño borró un poco el
maquillaje con un movimiento suave de pulgar. Luego se acercó lentamente y le dio un beso largo
en la cicatriz. Simplemente, ella no tenía ni idea de como sentirse.
Al terminar la noche, cogió el coche para volver a casa. El local cerraba a las 6 y el camino no era
corto en aquella gran ciudad. Llego a su casa sobre las 9:30.
Julia entró pocos minutos después.
– Hola cariño – Le dijo Teresa con ojos cansados.
– Hola cielo – Respondió Julia cerrando la puerta.
Julia volvía todos los días de lunes a viernes a esa hora, después de llevar a los niños de Teresa al
colegio. Siempre aprovechaban esos minutos para poder tener un soplo de intimidad. Tras cerrar la
puerta, Julia fue a darle el rutinario beso en los labios. Pero esa vez, Teresa la sostuvo por la barbilla
y alargó el beso un poco. No tanto para dejar pensar a Julia, pero lo suficiente como para hacer que
se extrañara.
– ¿Pasa algo?
– No, nada. Te quiero cariño.
– Yo también – Y Julia fue al cuarto a cambiarse, mientras Teresa se quedaba delante de la
taza de café, pensando.
Su novia salió cambiada del cuarto unos minutos después. Entraba de turno a las once. Se
despidieron con el beso habitual, esta vez sin sorpresas.
Teresa se dio una ducha, bajó la persiana del cuarto y se acostó. Ya se había resignado a que siempre
le resultaría extraño acostarse a aquellas horas, oyendo como el mundo se despertaba fuera, con un
ligero pitido en los oídos por toda la noche oyendo la persistente música y los ojos irritados por el
humo.
Solía caer exhausta. Y de hecho en aquel momento lo estaba, pero esta vez se quedó pensando en
aquel extraño de las 3 de la mañana.
Pensó que quizá, desde lo que le hizo su padre hasta que se cruzó con este desconocido, el tiempo
transcurrido había sido un gran paréntesis en el que se negó a si misma el derecho de confiar en un
hombre. Pensó que había rechazado indiscriminadamente, solo por prejuicios, y que por el camino,
seguramente se había perdido a alguna persona digna de llamar amigo.
Pensó que quizá ya era hora que darle la oportunidad a alguien de que se ganara aquel privilegio.
Durante mucho tiempo, Teresa había pensado que todos los hombres solo eran cabrones, egoístas
que solo buscaban sexo por satisfacción personal. Como ocurre siempre que se generaliza, había
dejado fuera a la mayoría.
Los hombres honrados no son groseros, no se creen con el derecho a imponer su opinión, no
intentan demostrar continuamente que son los más interesantes y fuertes de los presentes. No
utilizan a las personas hasta obtener lo que quieren y luego se deshacen de ellas. No desprecian ni
se aprovechan de aquellos más débiles que ellos.
Unos años mas tarde, se daría cuenta. Ególatras, inmorales, egoistas, criminales. Mentirosos,
rufianes, exaltados o pintamonas. Todos ellos se alzan sobre la multitud. Miras por todas partes pero
solo los ves a ellos, si eres un observador poco entrenado.
Los hombres honrados abundan, solo que no destacan.
Un futuro sin pasado by
Pablo Romero López is licensed under a
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