lunes, 28 de octubre de 2013

Una ciencia en ciernes


Me siento como al comienzo de un gran viaje. Sobre la arena, mirando al oceano, con cuatro palos recién recogidos a mi lado, imaginando que se debe sentir en mitad de esa inmensidad azul, cuando aún no he terminado ni la balsa que necesito para empezar mi gran viaje. Así me siento al comienzo del primer curso de Psicología.

Con el tiempo he aprendido, por las buenas y por las malas, a centrar mi atención en lo que tengo delante, el tacto de la madera que quiero convertir en mi vehículo, el sol que me calienta la espalda y la arena fría de finales de Octubre bajo mis rodillas. A maravillarme con cada nuevo conocimiento, con cada experimento que me descubre un poco más de la naturaleza humana y con cada teoría que despierta en mí un mundo nuevo de preguntas. Porque "aquí" es donde estoy, "esto" es lo que está ocurriendo ahora y, como escribió Coelho, "los planes tienen su propia forma de partirse por la mitad". Porque si miras demasiado lejos, puedes perderte lo que tienes delante y hasta lo que tus manos están tocando. Todo aquello que das por sentado y que, incluso aunque no lo notes, es increiblemente complejo y bello.

Pero aún así...

Pero aún así no puedo evitar levantar la mirada y mirar al oceano. No puedo evitar pensar en todo lo que está por delante, porque a veces perder tu vista en ese horizonte también es importante.

La Psicología, en mi opinión, es una ciencia en ciernes. Una ciencia que no solo es joven: es una cria, casi recién nacida, que tiene el potencial de ser un día enorme y majestuoso. De caminar con firmeza y seguridad hacia su objetivo, que no es más (ni menos) que el del resto de sus hermanos y hermanas, las demás ciencias de la salud: mejorar la vida de los que están a su alrededor. Y como todos los seres demasiado jóvenes, aunque alguno de sus pasos parezcan torpes, la mayoría son sorprendentes y reveladores. Pasos que comienzan a dibujar caminos que antes nadie recorrió.

Sin duda, nosotros ya tenemos muchos "hombros de gigantes" en los que apoyarnos. Personas que dedicaron su talento y esfuerzo a allanarnos parte del camino. Y aún así, aún ayudándonos de su ejemplo y descubrimientos, el horizonte aún se nos presenta desafiante y llamativo a la vez. Incontables caminos se siguen abriendo ante nosotros, en el cruce donde ellos dejaron su señal.

Esta es una de las cosas que más me emociona del viaje que apenas comienzo. Apenas empiezo a formar parte de algo relativamente nuevo y ambicioso, tan ambicioso como comprender al ser humano, su sistema nervioso, sus comportamientos, relaciones y procesos cognitivos y quizá, algún día, aprender a usar estos conocimientos en beneficio de mis semejantes y, por tanto, del mio propio.

Es cierto que todo gran viaje viene acompañado de un pellizco de temor. Estoy tan cerca de entender al ser humano o, incluso, a la propia Psicología, como una hormiga de descubrir el fuego o un pingüino de comprender el mecanismo de una bicicleta, pero ¿Puede llegar a ser esta una razón para cancelar el viaje? Más bien al contrario, personalmente es un acicate, una atracción magnética hacía aquello que no puedo ver, pero no puedo evitar "sentir", "intuir", "creer" que está ahí. Las respuestas están en un lugar lejano que probablemente nunca llegaré a ver, pero ¿No es acaso el viaje lo que importa? Prefiero morir nadando que llorando en aquella orilla que no me atreví a dejar, porque era donde me sentía "seguro". Prefiero dejar una señal, una botella con un mensaje, si lo prefieres, que diga "Aquí tuve que detenerme yo, pero sigue adelante. Parece que este es el camino".

Y tu, que me acompañas al comienzo de este viaje ¿que sientes mientras fabricas tu barca a mi lado?

miércoles, 12 de diciembre de 2012

A mi derecha

A mi derecha, puedo ver la cara de alguien que va a morir dentro de poco. Alguien que una vez creo vida. Cuatro vidas. Pero esta no es la historia de un ciclo armonioso. Es la historia de una tragedia, de la tragedia de quien solo sabia como hacer daño a sus seres queridos. No poseia otra habilidad.
No busco razones, no se si las hay. Esta mujer poseía un único talento y era ese. Su única ambicion, que todos hicieran lo que ella queria, sin importar como. La ironia de esta historia, es que ahora cuidamos todos de ella cada dia, pero nadie excepto ella puede salvarse. Nadie puede entrar ahí dentro y rescatarla. Y ella ahora no sabe como nadar.

Probablemente

Todo lo que hacemos, incluso lo menos evidente, revierte en la personas conectadas contigo. Algo que uno de mis seres más queridos probablemente jamás entenderá,es mi necesidad de soledad. Por mi naturaleza, no puedo convivir continuamente con los demás. Solo sabria responder, pero en realidad no habría casi nada que entregar. Vivo de acumular soledades, para luego entregar su fruto a los demás.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Día de luto

Cada día intento recordarme porqué intento ser escritor. Porqué intento siempre sacar fuerzas de cualquier cosa para, al menos, invertirle las horas que se merece, independientemente de lo que mi talento (o la falta de él) me permita aprender, y me permita crear con estas horas.

Hago esto por lo que he vivido en mi vida. He tenido suerte en muchas cosas, pero sería mentir si no reconociera que en mi vida he tocado fondo ya más de una vez, y muchas veces pensé que nunca volvería a salir adelante. En estos momentos, he sobrevivido gracias a varios factores: el cariño y la ayuda de mi familia y amigos, de los cuales no puedo dejar de dar las gracias. Si hay alguién o algo ahí fuera que me escuche, esto es lo único y lo más importante que quiero que oiga.

Pero en los momentos de soledad, en aquellos en los que tus seres queridos no pueden estar cerca tuya, hay otros que me han ayudado a sobrevivir. Hay personas que han dedicado su tiempo y su esfuerzo en crear mundos en los que puedes escaparte durante algún tiempo. Gracias a ellos, mi mente ha sobrevivido. Gracias a ellos pude respirar por unos instantes. Gracias a esa respiración, pude seguir caminando.

Llevo 28 años intentando conocerme a mi mismo, como hacemos todos. En ese tiempo, he fallado muchas veces, y muchos fallos están por venir. En este tiempo, había estado ciego ante muchas cosas.

Hace ya más de un año que descubrí que estaba enfermo. Hace menos de 2 meses que me siento "curado", aunque tenga que seguir vigilando que no vuelva a recaer. Desde que por fin me siento sano, he visto algo que antes no podía ver: cuando encuentres aquello en lo que crees que puedes ayudar a los demás, lucha para desarrollarlo, porque el tiempo pasa antes de lo que te imaginas.

No soy un buen luchador, no puedo defenderos. Creí que si, pero me equivoqué estrepitósamente. No soy un científico, no puedo ayudaros a progresar. No soy un político, no puedo intentar cambiar la corrupción que corroe a aquellos que me rodean. No soy un buen deportista, no puedo fascinaros por unos minutos gracias al increíble espectáculo de mis capacidades físicas.

Solo hay unas pocas cosas en las que me considero agraciado: sé ponerme en la piel de otras personas y comprender levemente, por ingenuos u horribles que parezcan sus actos, la razón de sus acciones. Se imaginar historias, aunque ni siquiera pueda explicar de donde salen y porqué. Se escribir una palabra tras otra y, cada día, intento mejorar para que, aprendiendo a combinarlas adecuadamente, pueda expresar de la mejor forma posible aquello que intento transmitiros. Quiero aprender a construir mundos que os ayuden a superar día a día.

Solo quiero ayudar a otros, como muchos otros me ayudaron a mi, de la manera que creo que mejor puedo hacerlo durante el tiempo que se me otorgue.

Pero hoy no puedo. Si con lo poco que he logrado hasta ahora he conseguido que alguien pueda "respirar" al menos durante unos instantes, que me perdone por no luchar hoy.

Me queda mucho trabajo por delante. Si por culpa de este día de debilidad mi objetivo se retrasa, pido disculpas por ello también.

Pero hoy no puedo. No se donde están esas fuerzas, no las encuentro.

Por mi honor, mañana prometo arremeter de nuevo con fuerza la vida, pero hoy no puedo.

Hoy guardo el luto que estos días, por desgracia, se merecen.

Si existe un Dios, que por favor olvide este 25 de septiembre, o muchos de mis hermanos no podrán volver a mirarse a los ojos.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Asesinos isométricos


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Asesinos isometricos

Marco se despertó en plena oscuridad. Ciego, inmovil. Parpadeaba continuamente con la esperanza de que en el siguiente guiño se dispersara esa ceguera, pero no conseguía nada. Una luz angulosa
apareció por un instante, junto al sonido de una puerta que se abre y se cierra. Un interruptor. Dos cilindros parpadeantes se encienden sobre él.

Primero se miró a si mismo. Estaba en lo que parecía una camilla puesta en vertical. Al mirar abajo, se vió desnudo sobre una gran tinaja de plástico de color azul. En las muñecas, tobillos, rodillas, el cuello, por todas partes, una bridas blancas, gruesas como un dedo, lo fijaban a la camilla sin el más mínimo margen. Casi le cortaban la circulación. Solo podía mover un poco la cabeza antes de ahogarse con la brida del cuello.

– ¿Holá? - Lanzó al aire, sintiendo la presencia de alguien a quien no veia.

La única respuesta fueron unos pasos que se acercaban a él. Primero distingió un mono y unos
guantes de colores chillones y brillo plastificado. Cuando pudo distinguir la cara, se dió cuenta de
que era una chica, con una mascarara antigas colgada del cuello. No tenía nada de especial, una
chica del montón. Ni se hubiera molestado en mirarla si se hubiera cruzado con ella por la calle.

Marco empezó a hablar atropeyando las palabras, en tono sollozante:

– ¡Hola! ¡Ey, ayúdame! Por favor, no se que está...

Paró. Se sintió extrañado por la mirada de ella. La chica metió las manos en los bolsillos del mono,
se apoyó en un gran bidón cuadrado que había detras suya y se le quedó mirando.

No fué hasta entonces que Marco empezó a ser consciente de lo que había a su alrededor: aquel
enorme bidón. Una bomba de gasoil. Una tubería de plastico blanco que siguió con la mirada. hasta
que se dió cuenta de que acaba sobre él.

Había encima suya, a cada lado de la tubería, un par de botellas pequellas, colocadas boca abajo a
modo de goteros de hospital. Un fino tubo blanco bajaba de cada una de ellas hasta que casi le
tocaban los hombros. A mitad de cada tubo, había dos pinzas colocadas a conciencia. Dos simples
pinzas de madera. No entendía nada.

– Mira, no se que esta pasando ¿Que es todo esto? ¿Donde estoy?

La chica se puso la máscara. Saco un diminuto bote blanco de uno de los bolsillos del mono y lo
abrió con cuidado. Con un cuenta gotas, sacó apenas medio centímetro de un líquido que parecía
agua. Volvió a cerrar el bote con cuidado, lo dejó sobre el bidón y se dirigió hacia el con él con el
cuenta gotas en la mano.

El no paraba de mirarla. Una chica cualquiera con un mono de plástico y una máscara de gas
resultaba una imagen perturbadora, más aun cuando nunca se había imaginado nada parecido.
Ella acercó el cuenta gotas a su pié izquierdo, lo colocó justo encima del meñique y, lentamente,
dejó caer una gota.

El vapor comenzó a subir. Sintió la gota en el pié, un ligero ardor y ese olor extraño antes que
cualquier otra cosa. Y luego un rayo. Un rayo que le subía por la pierna y le hizo marearse. Deseaba
desmayarse. Ojalá fuera tan fácil.

Marco gritó de dolor como nunca había gritado. Gritó hasta que ya no oía nada. Se estaba
destrozando la garganta con aquel grito, pero no podía sentír nada más que aquel rayo que le
sacudía el cuerpo.

Las bridas le rajaban la piel. Golpeaba con la cabeza con fuerza, una y otra vez, contra la camilla y
la brida del cuello le cortaba la respiración. Cualquier cosa a cambio de dejar de sentir aquello. Toda
la estructura se agitó y crujió, pero él solo sentía aquella punzada infinita desde la punta de los
dedos hasta detrás de los ojos. Llego el momento en que no pudo más.
Cuando se desperto, la chica seguía ahí. Seguía mirándole, como si no se hubiera movido. De todas
formas, tampoco sabía cuanto tiempo había pasado.

Cerro los ojos y reunió fuerzas. Entonces miró a sus pies como si esperara verlos amputados
despues de despertarse en el hospital tras de un accidente de tráfico.
Le faltaba un buen trozo del pié izquierdo: los dos dedos más pequeños habían desaparecido, se
había creado un hueco del tamaño de una nuez y una mancha roja se extendía casi por todo el
empeine.

El acido había atravesado piel y huesos. Incluso la base de hierro sobre el que se apoyaban sus piés,
pero en la tina azul pudo ver una pasta rojiza. No entendía nada, no sabía que demonios era eso
¿Alguna especie de acido? ¿Pero atravesaba el hierro y no aquella tinaja barata?
El pié aún le dolía como una puñalada, pero al menos podía pensar. Sintió la garganta llena de
cristales, y todas y cada una de las bridas ahora eran como cuchillos.

– ¡¿Que es todo esto?! ¡¿Quien eres?! ¡¿Que demonios hago aquí?! - Su voz se habia quebrado
y ahora hablaba como un viejo fumador empedernido.

La muchacha se arrodillo. Comenzó a llorar desesperadamente. “¿Que cojones...?” Es lo único que
Marco alcanzaba a pensar.

– “¡Por favor!, ¡Oh, por Dios! ¡No me mates, por favor!. No te he visto, no sé quien eres. Te lo
suplico, mi hermana me necesita. Soy lo único que tiene ¡Tengo que cuidarla!”

Se notaba un tono irónico en toda aquella representación.

Marco recordó. Vaya si lo hizo.

Las primeras se quedaron grabadas en su mente, como una chica a la que das tu primer beso o con
la que pierdes la virginidad. Pero Marco tenía otras primeras veces en su vida.

Desde que tenía uso de razón, habia sentido ese odio visceral. Sabía que le humillaban y se mofaban
de él a sus espaldas. Tenía el derecho de aliviar esa carga de la que ya no podía librarse ni con
drogas ni con sexo. Cada vez que salía de fiesta, a medida que avanzaba la noche, no había droga
que le hiciera olvidar aquello que le quemaba por dentro.

Recordaba a las primeras, claro. Aquello fué excitante, algo completamente nuevo. De ellas apenas
quedarían ya los huesos. Pero con el tiempo se cansó del miedo a que le vieran, de conducir en la
madrugada para encontrar un lugar en medio de la nada. Trabajar con pico y pala y cargar con ese
peso muerto, era demasiado tedioso y un mal final para una noche divertida. Asi que se acostumbro
a ponerse una mascara, unos guantes y tomar un par precauciones más.

Despues de probar suerte varias veces, se dió cuenta de que no pasaba absolutamente nada: ni ADN
sacado de un pelo en la escena del crimen, ni arena bajo las uñas de las víctimas que condujera a un
único lugar de toda la tierra, ni una pisada sobre una mancha de sangre. Ninguna de aquellas
chorradas que aparecian en la tele. Así que se acostumbro a hacerlo a la manera fácil.

No le quedaba otra: “¡¿No se de que me hablas, que estas diciendo?!” o “¡¿Te equivocas de persona,
esto es un error?!”. ¿Que iba a hacer? ¿Confesar? ¿Jurar por su vida que se arrepentía de todo?
Estupideces. No iba a servir de nada. Negaría y suplicaría desesperadamente por su vida hasta que
de alguna manera consiguiera sembrar la duda o quebrar la conciencia de aquella puta.

La chica siguió sollozando, arrodillada en el suelo. Se puso en pié, mirandole suplicante, con los
ojos aguados y las lágrimas corriendole por las mejillas:

– “Oh gracias. Gracias, muchas gracias – Luego miró al techo y unió las manos sobre su
pecho – ¡Gracias, Dios mío!”

La representación terminó. La chica ni se molestó en secarse las lágrimas y le miró con una extraña
sonrisa. Marco cortó las súplicas de inmediato. Tardó unos segundos en darse cuenta de qué era lo
que le había dejado helado. Acababa de ver un truco de magía. Como una carta que un mago cambia
de rojo a negro delante de tus ojos, Marco vió a una Reina de corazones cambiar súbitamente a un
As de picas en lo que dura un parpadeo. Ella se incorporó y continuó con la farsa exagerando los
gestos, como una niña de 16 años recitando un poema de amor.

– “Y entonces corrí y corrí, hasta que me ardieron las piernas y el corazón parecía que me iba
a explotar. Y cuando llegué a casa, abracé a mi hermana y di gracias a Dios por seguir viva,
a pesar de todo. Y con el tiempo y gracias a toda la gente que me quiere, pude superarlo,
aunque nunca lo olvidaría, claro”

Poco a poco, la chica abandonó aquella irónica actitud teatral y le miró sonriendo con malicia. En
otro momento y lugar, Marco hubiera pensado que solo era otra güarra que coqueteaba.

– Vaya drama ¿Eh?

Él seguía sin hablar. Aterrado, la miraba sin pestañear. Entonces miró arriba, hacía la tubería que
tenía justo encima suya. Ya había sentido una gota de ese líquido. La imagen de si mismo
derritiéndose debajo de una ducha como aquella le asaltaba como gritos en su mente.

La chica comprendió lo que estaba pensando y se echo a reir. Cogió otra de esas enormes bridas.
Agarro a Marco por el pelo, le golpeó la cabeza contra la camilla y la ajusto con fuerza contra ella.
Le amordazó con un trozo de cinta americana. Se había cansado de sus lamentaciones.

Ladeó la cabeza y comenzó a hablar con un tono reconfortante, como si consolara a un cachorrito.
Acabó tan cerca de su cara que casi parecía un gesto íntimo.

– ¡Oh! tranquilo, no te asustes por esa tubería. Para cuando cumpla su función, tú ya no
tendrás que preocuparte de nada. Yo me encargo de todo a partir de ahí. Su única función es
ayudarme a sacar la basura.

Ella seguía divirtiéndose. Él seguía sin entender.

Se puso la máscara. Agarró las pinzas de los tubos, una en cada mano. Poco a poco, iba abriendo y
cerrando las pinzas, haciendo que el líquido fuera bajando a pequeños pasos, eligiendo
arbitrariamente que pinza abrir despues. Al trasluz de los fluorescentes, se podía ver el líquido bajar
por los tubos. Ella iba abriendo y cerrando cada pinza sin ningún orden aparente. A su antojo.

Marco volvia a pelear, a luchar como un loco, a reabrirse las heridas bajo las bridas, gritando
ahogado por la mordaza. Ella siguió con su juego, mirándole como queríendo aprender algo de él,
de aquellas muecas que no paraba de hacer, desesperado por escapar. Cuando le miraba a los ojos,
suplicante, ella dejó que Marco mirara directamente a lo que había dentro de ella, fuera lo que fuera.

El dolor era lo de menos. Lo más divertido sería ver como esperaba cada gota, cuanto tiempo sería
capaz de luchar. Que pasaría tras la primera. Cuando se quebraría su voluntad. Gota a gota, en algún
momento acabaría tocando algo que pondría fin a la diversión, pero hasta entonces...

Todo aquello no era más que un rato de diversión para ella. Una eternidad de agonía para él. Un
violador y asesino compulsivo contra una psicopata. Él había perdido antes de empezar.

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Asesinos isométricos by Pablo Romero López is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

jueves, 13 de septiembre de 2012

La hermosa cicatriz


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Altos ejecutivos, banqueros, politicuchos del tres al cuarto, asesores y enchufados lameculos, a los
que no reconocería ni su madre por la calle, aun menos los posibles (aunque poco probables)
votantes de aquel lugar. Adoradores de Baco y herederos de los sodomitas, se las arreglaban entre
todos para que no faltara en toda la región una cena de empresa ni un solo día del año, pues más que
numerosos para que esto no supusiera demasiado trabajo, que bastante tenían ya. Eran los trajeados.

Una jauría ruidosa agrupada en manadas, con mandíbulas temblorosas, ojos inyectados en sangre y aliento de queroseno. Siempre había un líder tácito en la manada, que parecía tener lo que todos
querían y que habitualmente solía lucir un peculiar peinado con pinta de cenicero pegado a la
cabeza. Los niñatos.

Rudos bisontes de mirada bobina, con aspecto de matones venidos a menos. Obreros sin contrato,
sobre asalariados en su mayoría, gracias este paraíso del ladrillo, una fuente de maná que parecía no
acabar nunca. Los habituales.

Aquellas eran las especies predominantes del club “La Rosa Blanca”, depredadores mirando desde
lo más alto de la pirámide alimentaria de aquel ecosistema a la carnaza que pululaba entre ellos,
más abundante y predispuesta que una manada de ñus en plena migración.

El humo espesaba el ambiente del local. Shakira cantaba algo sobre una tortura mientras en los
mastodónticos televisores de 40 pulgadas, que amenazaban con romper el soporte anclados a la
pared, bailaba rebozada en un potingue que solo podía haber salido del Prestige.

Teresa se paseaba entre la fauna local como siempre, escrutadora y expectante. Una dicotomía a la
que se había acostumbrado ya gracias a casi 7 años de profesión, y sabía perfectamente cuando
cambiar de una actitud a otra.

Entre la abundancia de tetas duras como piedras, pellejos estirados y labios grotescamente
abultados, Teresa desprendía una naturalidad que le otorgaba cierta elegancia. Toda la elegancia que
se puede tener sobre unos zapatos con plataforma y tacón de 7 centímetros. Tenía las curvas
suficientes para hacer babear a cualquier espécimen de aquel local sin que su abundancia pareciera
apunto de rebosar por ninguna costura de su ajustado (y escaso) vestido. Solo dos cosas parecían
romper aquel equilibrado conjunto: una mirada triste que ninguna sonrisa forzada podía remediar, y
un exceso de base de maquillaje

Un rayo deforme surcaba la mejilla izquierda de Teresa hasta casi la comisura. Cuando tenia 11
años cometió dos errores: confiar en un padre violento y levantarse a recibirle justo después de una
borrachera. En aquel momento perdió la fe en todos los hombres, aunque se dio cuenta algo más
tarde, a base de encadenar un novio despreciable tras otro. Al día siguiente de aquello, su padre no
parecía acordarse (o importarle) lo ocurrido la noche anterior. Ella tardó un poco más en olvidarlo.

Hacía su ronda entre las miradas de la multitud lasciva, aunque ninguno parecía realmente
interesado. Solo hacían turismo. Su mirada se cruzó con un solitario sentado en un taburete, que
parecía hipnotizado por su vaso de tubo apoyado en la barra. No llevaba traje ni gomina, y tampoco
lo había visto antes. En ese ambiente, su normalidad lo convertía en lo más anómalo de aquel local.

Como siempre, se acerco tanto a él que esperaba notar su olor a humo y alcohol, pero no parecía
oler a ninguno de estos dos más que el resto del local. “Será la primera copa” pensó. “Por ahora”.

Teresa empezó con el guión. Había repetido tantas veces la misma entradilla que le resultaba tan
natural como bostezar recién levantada.

– Hola guapo

– Hola – Respondió él, forzando una sonrisa amable y mirándole con ojos tristes.

El guión decía que ahora tenía que pedirle que la invitara a una copa, pero no lo hizo. No sabía
porqué. Improvisando, salto directamente al final.

– ¿Quieres subir a una habitación?

Al principio, él se ruborizó un poco, pero enseguida su expresión cambió. Parecía como si se
acabara de dar cuenta de que le faltaba algo que pensaba que llevaba encima.

– Vale, vamos – respondió.

Escaleras arriba, el guión siguió su curso normalmente: insinuaciones, coqueteo, sonrisas falsas de
nuevo, complicidad también falsa. Desnudez mutua. Solo faltaba la colocada de condón, que Teresa
tenía tan dominada que la mitad de los clientes borrachos no se enteraban hasta que se lo quitaban al
acabar. Pero el estaba frio.

No era tan extraño. Teresa comenzó con su trabajo. Pero el seguía frio. Cuando empezó a recurrir a
sus mejores trucos y la cosa seguía igual, ya se preocupó.

– No estas muy animado hoy ¿eh? – Le dijo desde el suelo donde estaba arrodillada,
pasándole las manos por encima de los muslos. Esta vez, no sintió la sonrisa tan forzada.
Quería sinceramente que no se sintiera demasiado mal.

– No te ofendas – Le dijo él, sentado en el borde de la cama – Eres muy guapa.

– No me ofendo – Ella le miro con cara de resignación.

– Levántate, por favor ¿te importa si solo nos acostamos él uno al lado del otro?

– Puedes usar tu tiempo como quieras – Le dijo.

Por supuesto pensaba cobrarle: no era la primera vez que se había cruzado con un solitario que solo
buscaba compañía. A contrario de lo que se suele pensar, muchas veces este oficio no tenía nada de
sórdido. Pero ella ofrecía un servicio, y no sentía ningún remordimiento al cobrarlo.
Acostados el uno al lado del otro, ella posó su brazo sobre su pecho. Él la rodeo con los suyos,
hundió la cara en su pelo y luego, retirando un poco la boca, con la frente aún tocando cabeza de
ella, habló:

– Llevo dos semanas sin ver a mis hijos. No puedo acercarme a ellos. Ni a mi mujer. Yo la
cagué. Me lo busqué. Pero tanto castigo por un solo error... no sé, seguramente lo merezca.
Desde entonces sobrevivo solo en una pensión con lo que me queda de mi sueldo. Eres la
primera persona a la que se lo cuento.

Ella no sabía que decir. Era una historia trágica más. Ni siquiera era de lejos la peor que había oído
de un cliente. Estaba a años luz de muchas por las que habían pasado algunas de sus compañeras.
Pero aquel hombre tenía algo que hacía que aquello sonara terrible. Parecía un niño que ha tenido
que crecer rápido, sin tener ni idea de como hacerlo. Quizá haya acabado torcido, con más nudos y
fallos que la mayoría. Pero aún pensando en lo peor que pudiera hacer, parecía haber algo puro e
ingenuo en él que impedía que a Teresa le desagradara su compañía.

Pasó media hora. Miró al reloj apenas con un segundo sobre la hora del cierre. Tenía tan bien
medida la media hora que ya no recordaba la última vez que había tenido que poner una alarma.

– Se acabo el tiempo, guapo.

Los dos se levantaron. Se acercaron al perchero en el que habían dejado la ropa y empezaron a
vestirse uno delante del otro, como un matrimonio acostumbrado a levantarse a la misma hora antes
de ir a trabajar.

Ella miraba a su pecho mientras se abrochaba el sujetador, para asegurarse de que todo estuviera en
su sitio. Sintió la quemazón de una mirada y levantó la cabeza. Él la miraba fijamente. Ella le
sonrió. Pero él no le devolvió la sonrisa. No parpadeaba y la miraba fijamente.

El hombre inclino la cabeza hacia un lado y sus ojos se centraron en la zona de la cicatriz. Ella se
incomodó. No habían sido una ni dos las veces que un cliente grosero (y borracho) se había burlado
de ella. Uno particularmente “ingenioso” le llamó “La puta de las dos rajas”, y cuando volvió a la
planta baja estuvo un buen rato riéndose a carcajadas con sus amigotes.

Pero él seguía mirando con la cabeza ladeada. Levantó la mano derecha hacia la cicatriz. Ella miró
a la mano, apartándose por reflejo, pero luego se quedó quieta. El extraño borró un poco el
maquillaje con un movimiento suave de pulgar. Luego se acercó lentamente y le dio un beso largo
en la cicatriz. Simplemente, ella no tenía ni idea de como sentirse.

Al terminar la noche, cogió el coche para volver a casa. El local cerraba a las 6 y el camino no era
corto en aquella gran ciudad. Llego a su casa sobre las 9:30.

Julia entró pocos minutos después.

– Hola cariño – Le dijo Teresa con ojos cansados.

– Hola cielo – Respondió Julia cerrando la puerta.

Julia volvía todos los días de lunes a viernes a esa hora, después de llevar a los niños de Teresa al
colegio. Siempre aprovechaban esos minutos para poder tener un soplo de intimidad. Tras cerrar la
puerta, Julia fue a darle el rutinario beso en los labios. Pero esa vez, Teresa la sostuvo por la barbilla
y alargó el beso un poco. No tanto para dejar pensar a Julia, pero lo suficiente como para hacer que
se extrañara.

– ¿Pasa algo?

– No, nada. Te quiero cariño.

– Yo también – Y Julia fue al cuarto a cambiarse, mientras Teresa se quedaba delante de la
taza de café, pensando.

Su novia salió cambiada del cuarto unos minutos después. Entraba de turno a las once. Se
despidieron con el beso habitual, esta vez sin sorpresas.

Teresa se dio una ducha, bajó la persiana del cuarto y se acostó. Ya se había resignado a que siempre
le resultaría extraño acostarse a aquellas horas, oyendo como el mundo se despertaba fuera, con un
ligero pitido en los oídos por toda la noche oyendo la persistente música y los ojos irritados por el
humo.

Solía caer exhausta. Y de hecho en aquel momento lo estaba, pero esta vez se quedó pensando en
aquel extraño de las 3 de la mañana.

Pensó que quizá, desde lo que le hizo su padre hasta que se cruzó con este desconocido, el tiempo
transcurrido había sido un gran paréntesis en el que se negó a si misma el derecho de confiar en un
hombre. Pensó que había rechazado indiscriminadamente, solo por prejuicios, y que por el camino,
seguramente se había perdido a alguna persona digna de llamar amigo.

Pensó que quizá ya era hora que darle la oportunidad a alguien de que se ganara aquel privilegio.
Durante mucho tiempo, Teresa había pensado que todos los hombres solo eran cabrones, egoístas
que solo buscaban sexo por satisfacción personal. Como ocurre siempre que se generaliza, había
dejado fuera a la mayoría.

Los hombres honrados no son groseros, no se creen con el derecho a imponer su opinión, no
intentan demostrar continuamente que son los más interesantes y fuertes de los presentes. No
utilizan a las personas hasta obtener lo que quieren y luego se deshacen de ellas. No desprecian ni
se aprovechan de aquellos más débiles que ellos.

Unos años mas tarde, se daría cuenta. Ególatras, inmorales, egoistas, criminales. Mentirosos,
rufianes, exaltados o pintamonas. Todos ellos se alzan sobre la multitud. Miras por todas partes pero
solo los ves a ellos, si eres un observador poco entrenado.

Los hombres honrados abundan, solo que no destacan.

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lunes, 10 de septiembre de 2012

Un futuro sin pasado


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Un futuro sin pasado PDF

Navegando por los retazos de su memoria, acudían a su mente recuerdos felices. Como ocurre
siempre que el tiempo pasa, los recuerdos se dulcifican, olvidando los errores y los sinsabores.
Durante un tiempo sirven para aprender de ellos, pero cuanto más tiempo pasa, menos necesarios
son. Al fin y al cabo, él ya había llegado a una edad en la que sin duda tenía más pasado que futuro.

Volvía a estar allí, mirándola a ella, agitando su mano en alto para llamar su atención, sonriente. Él
respondía a su saludo,y a su sonrisa, invadido por la alegría. Ella iba vestida con un pantalón beige
y una blusa azul holgada. Se ponía mucho aquella blusa. A él le gustaba. Siempre que corría la más
mínima brisa él se la imaginaba flotando debajo del agua, como en aquellas vacaciones en agosto de
2013.

En un momento, volvió al presente. Volvía a estar sentado delante de su mesa. Se dió cuenta de que
se había quedado un buen rato absorto delante de su cuaderno de colorear, con el lapiz en la mano.

Apenas quedaban ya cuadernos en aquel centro. Paulatinamente se fueron cambiando por tabletas
táctiles. Los medicos decían que los contenidos multimedia estimulaban mejor la mente y eran más
eficaces que los materiales tradicionales, pero él seguia prefiriendo el olor de la madera y el papel,
así que las cuidadores le trajeron cuadernos y lápices que aún andaban, casi perdidos, por un par de
armarios del salón común.

Una figura con bata blanca se acercó a él.

     – ¿Como estamos hoy, señor Luis?

     – Muy bien doctor, gracias – dijo levantando la cabeza con un gesto amable – Solo me he
     quedado un rato pensando.

Le tenía especial cariño a aquel lápiz. Ya casi tenía la mitad de su tamaño original, a fuerza de
afilarlo. Siguió coloreando lentamente aquella enorme mariposa que ocupaba todo el centro de la
lámina.

Las ausencias eran intermitentes aún. Podía recordar perfectamente lo que había comido el lunes,
pero no recordaba nada de los dos días siguientes. Todavía (por desgracia, pensó él) recordaba con
detalle como le afectó la pérdida de su mujer. El dolor, la ausencia, el vacio, la impotencia. Aún lo
recordaba todo.

Se consolaba pensando en lo que le habían dicho los médicos cuando le diagnosticaron su
enfermedad: “Conforme su estado evolucione, su memoria a corto plazo se verá afectada mucho
más rápidamente que su memoría a largo plazo”. Se consolaba pensando que quizá, durante un
tiempo, sería más feliz, pudiendo recordarla a ella. La recordaría cada vez más joven, y ni siquiera
sabría que la había perdido.

Ya no sabía como consolarse: Sabía que algún día eso también lo olvidaría.

     – Pero para entonces – se consoló – ya no quedará nada de este lápiz azul.

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